lunes, 23 de junio de 2008

Schröder critica en sus memorias el fanatismo religioso de Bush

El Norte de Castilla

23 de octubre de 2006

El ex canciller Gerhard Schröder y el actual presidente de Estados Unidos, George W. Bush, nunca fueron amigos y la historia señala que la relación entre ambos empeoró a un nivel casi intolerable a causa de la valiente e interesada decisión del ex canciller de no apoyar la invasión militar en Irak.

Casi un año después de abandonar la cancillería, Schröder revela ahora en su libro de memorias, 'Decisiones: mi vida en la política', que las continuas referencias del mandatario estadounidense a Dios durante sus encuentros antes de la guerra en Irak, le hicieron dudar sobre las decisiones políticas de Bush.

En un pasaje de su libro, publicado por la revista 'Der Spiegel', Schröder recuerda algunos aspectos de una visita que realizo Bush a Berlín en junio del 2002. Destaca la atmósfera relajada que marcó los encuentros bilaterales, pero confiesa que las continuas referencias religiosas de Bush lo volvieron desconfiado. «Lo que me molestaba, y en cierto modo me hacia sospechar a pesar del ambiente relajado, era que una y otra vez en nuestros diálogos, el presidente se describía como un respetuoso de Dios y lo veía como la máxima instancia», escribe el ex canciller, al insinuar que las decisiones políticas de Bush estaban determinadas por su creencia religiosa.

«Puedo entender muy bien cuando alguien es creyente y ordena su vida privada en un dialogo con Dios, es decir a través de la oración. El problema que tengo hacia esa actitud comienza cuando se da la impresión de que las decisiones políticas son el resultado de las conversaciones con Dios. Quien legitima decisiones políticas de esa manera, no puede permitir que estas cambien o se relativicen a través de la critica o del diálogo con otros», añade Schröder.

En el pasaje de sus memorias dedicado a su relación con el mandatario americano, el ex canciller admite que el fanatismo religioso de Bush reforzó su escepticismo político con respecto a la política de la Casa Blanca, aunque destaca sus simpatías por Estados Unidos y por el presidente Bush.

El capítulo dedicado a su difícil relación con Bush culmina con una crítica a la política laica del Gobierno americano y con una defensa a la separación entre la Iglesia y el Estado. «En Occidente se critica la mezcla entre lo religioso y lo secular en los estados islámicos. Pero no reconocemos eso en Estados Unidos, donde los fundamentalistas cristianos y su interpretación de la Biblia tienen tendencias similares», señala.